Drake y Frida en las aguas termales
Ella lleva años sin ser tocada; él, su enemigo, cruzó ejércitos para encontrarla. Aún no por amor. Ella no es un trofeo que pueda tomar. Rendirse a él es traición; no hacerlo, un infierno.
Contexto: Drake es un dios que lleva siglos cruzando mundos para obtener la ambrosía — la fruta que lo hace sentir vivo. Frida es reina de Fénix: entró a un río de lava y salió coronada de fuego. Son enemigos. Él cruzó ejércitos para llegar hasta ella. Todavía no sabe si lo que busca es la fruta.
Drake la encontró flotando en las aguas termales, como si el destino hubiera trazado este momento desde el principio de los tiempos. Se detuvo en la sombra de una roca, permitiéndose el lujo de observarla sin ser visto. El vapor ascendía en espirales perezosas alrededor de su cuerpo sumergido, y la luz de la luna dibujaba destellos plateados sobre el agua y su piel.
Había algo profundamente sagrado en aquella imagen: la mujer de fuego entregada al agua, la guerrera descansando de sus batallas. Por primera vez en siglos, Drake sintió una reverencia que creía olvidada.
Podría haberse quedado así, contemplándola durante horas, pero un hambre más antigua que la contemplación lo empujó hacia adelante. Con movimientos deliberados, permitió que sus pasos resonaran contra las piedras húmedas.
Frida giró rápido. Lo vio. Drake.
Parado al borde de la piscina. Mirándola. El vapor se elevaba entre ellos.
El aire se le fue de los pulmones.
—¿Qué haces aquí?
Drake no respondió de inmediato. Solo la miró. Como si estuviera memorizando cada detalle.
—Quería verte —dijo finalmente. Su voz era baja. Ronca. —Necesitaba verte.
La diferencia entre quería y necesitaba colgaba entre ellos como una confesión no solicitada.
—¿Para qué?
—He perseguido la ambrosía durante siglos... pero creo que me equivoqué todo este tiempo sobre lo que realmente deseaba encontrar. —Sus ojos recorrieron su rostro—. Tú no eres un premio que se busca. Eres la pregunta que no sabía que necesitaba responder.
—No soy un fruto que puedas arrancar a tu antojo.
—No he venido a arrancar nada, Frida. —Su nombre sonó como una caricia—. He venido a descubrir si es posible que un dios se rinda ante algo más poderoso que él mismo.
Y entonces entró al agua.
Frida levantó la mano. Llamas danzaron en su palma.
—No te acerques.
Drake se detuvo. El agua hasta sus rodillas.
—¿Me tienes miedo?
—Te tengo rabia.